LaMima |
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Un nuevo horizonte.
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Creo que adoro el Pirineo desde que tengo uso de razón. Cuando era pequeña mi padre, tan amigo siempre de pasar el mayor tiempo posible al aire libre, solía llevarnos a menudo en verano a pasar el día por allí. Entonces frecuentábamos sobre todo, el Valle del Roncal, Hecho y la Selva de Oza, (solíamos alternar un día de pirineo con otro por el acueducto, el pantano de Yesa, el puente de Artieda o los aledaños de la Foz de Lumbier. ¡Que regalo me dio con esos días por aquellos preciosos lugares!). Luego llegaron las primeras vacaciones en pareja, con la tienda de campaña...y Benasque. Ese valle nos enganchó totalmente y fue nuestro destino fijo, verano tras verano, hasta que nació Daniel. Siempre tuve la secreta ilusión de buscar un refugio por esos lares. Como mi santo compartía totalmente esa afición, hace unos años decidimos liarnos la manta a la cabeza y, tras un largo y triste periplo que no viene a cuento, poco después de la llegada de Ainhoa pudimos disfrutar al fin de nuestro pequeño hueco frente a la Collarada. Cuento todo esto porque sé que, en cierto modo, hace mucho tiempo que quería formar parte de esa tierra aunque eso no sea del todo posible. Me refiero a no ser la turistilla de la city que se limita a calzarse los esquís en invierno, sino alguien que disfruta, comprende, respeta y aprende de unos lugares tan hermosos y tan cargados de historia como los que encierran esas montañas sea en primavera, verano, otoño o invierno. Por eso, aquel día que buceaba por la página de La librería de Cazarabet y vi el libro de Severino Pallaruelo no me pude resistir a comprarlo. Pirineos, tristes montes hace un repaso por algunas de las pequeñas historias que han forjado la vida de la gente del pirineo aragonés en los alrededores de la Guerra Civil. Historias de otros tiempos, de épocas grises y crueles, de gentes condenadas a vivir solas entre sus vecinos….. de situaciones que ahora nos cuesta imaginar (reconozco en muchas de ellas experiencias similares a las que mis padres me han contado de aquellos caseríos perdidos en el Pais Vasco, su tierra, y me pregunto si no será que la vida en los sitios realmente bellos tiene un precio demasiado caro..) El autor nos introduce en ese mundo a la manera que se contaban las vivencias antes, a saltos, yendo de un lugar a otro, de una historia a otra de tinte distinto pero siempre con un denominador común: el decorado de unas montañas que aislan a sus gentes pero no lo suficiente como para alejarlas del horror de la miseria y la guerra. Veintiocho trozos de vida. Queda un poso de tristeza cuando cierras sus tapas: cuesta creer que todo aquello haya ocurrido en los mismos parajes que ahora admiramos y nos embelesan..pero así ha sido y no lo deberíamos olvidar nunca, por eso me ha gustado tanto leerlo. Ese es el bagaje de la tierra que pisamos, el que arrastra su gente (la que está y la que se fue) y de ahí viene gran parte de lo que ahora vemos. Aun así Pallaruelo deja algún resquicio, pequeño, para la sonrisa aunque venga de la mano de cierta ignorancia. La historia del aldeano que, paseando, recoge del suelo la caja vacía de una lata de sardinas, la lee con detenimiento y cuando llega a casa y descubre que una de sus cabras acaba de parir un cabrito decide bautizarlo con el pomposo nombre de “Peso Neto” consiguió arrancarme una carcajada. Bueno, lo consiguió entonces porque ahora que lo pienso…………… (Foto: portada de la edición de 2008 publicada por Xordica Editorial, que es la que yo tengo. El libro se publicó por primera vez en 1990). Comentarios » Ir a formulario Fecha: 06/04/2009 17:18. Fecha: 06/04/2009 19:57. Fecha: 06/04/2009 23:49. Fecha: 07/04/2009 08:08. Fecha: 07/04/2009 09:14. Fecha: 07/04/2009 09:34. Fecha: 07/04/2009 10:58. Fecha: 14/08/2009 11:02. |
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